Gilbert Keith Chesterton


Biografía de Gilbert Keith Chesterton

Ocupaciones: Novelista, Poeta, Crítico, Ensayista
Nacido en: Londres
Murió en: Beaconsfield
Año de nacimiento: 1874
Año de su muerte: 1936
Novelista, poeta, ensayista y crítico inglés, su obra de ficción lo sitúa entre los escritores más brillantes e ingeniosos de habla inglesa. Ver frases de Gilbert Keith Chesterton
Gilbert Keith Chesterton

Nació en Campden Hill, Londres (Inglaterra), el 29 de mayo de 1874, en el seno de una familia de clase media. Su padre, Edward Chesterton, trabajó como agente inmobiliario y en la sala de subastas Kensington.

Gilbert Keith Chesterton nació el 29 de mayo de 1874 en Londres, en el seno de una familia acomodada y protestante. Cursó estudios de arte en la Slade School of Art. Escribió artículos para algunos periódicos, además de para su propio semanario G.K.'s Weekly. También escribió poesía y una serie de relatos que narran las aventuras detectivescas del Padre Brown. El sacerdote-detective que le dió renombre y popularidad, apareció en The Innocence of Father Brown (1911). Se convirtió al catolicismo en 1922. Entre sus obras más destacadas aparecen sus novelas El Napoleón de Notting Hill y El hombre que fue jueves (1908). Falleció el 14 de junio de 1936.

Ha sido uno de los grandes escritores del siglo XX. Tan bohemio y excéntrico, tan irónico y lúcido, con tal sentido del humor y corpulencia que jamás pasó inadvertido. Por lo que respecta a mi peso, nadie lo ha calculado aún, solía decir. Y en una conferencia: Les aseguro que no tengo este tamaño, en absoluto. Lo que ocurre es que el micrófono me está amplificando. Su risa era sincera, alegre, contagiosa e inolvidable, hasta el punto de conseguir, en el teatro, que la gente dejara de mirar al escenario para reírse con él.

Vino al mundo en 1874, para iniciar lo que él llamaba la aventura suprema. Con Cecil, su único hermano, amigo íntimo, se pasó la infancia y la juventud discutiendo, hasta convertirnos en una peste para todo nuestro círculo social. Su amigo Edmund Bentley escribe que Chesterton llegó hasta donde una mente despierta puede examinar a fondo el mundo, con un estado de ánimo siempre alegre. No tenía un solo enemigo y poseía duplicada, como mínimo, la capacidad para disfrutar de las cosas. Desde pequeño tuvo un sentido del humor enormemente desarrollado, igual que el concepto de belleza y de veneración.

En 1892, el fin del colegio y el ingreso en la Universidad dispersó a los amigos. La pérdida fue para Chesterton muy profunda. En su Autobiografía describe esta nueva época como llena de dudas, morbos y tentaciones que han dejado en mi mente, para siempre, la certeza de la solidez objetiva del pecado. También dirá que el ambiente de mi juventud no era sólo el ateísmo, sino la ortodoxia atea, y esa postura gozaba de prestigio. En Ortodoxia reconoce que a la edad de doce años era yo un poco pagano, y a los deciocho era un completo agnóstico, cada vez más hundido en un suicidio espiritual.

En la Universidad de Londres estudia arte, literatura inglesa, francés y latín. Allí se dedicó, entre otras cosas, al espiritismo, hasta llegar a un estado de melancolía enfermiza y ociosa. Lo que yo llamo mi temporada de locura coincidió con un período de ir a la deriva y no hacer nada. Una época en la que alcancé la condición interior de anarquía moral, sumiéndome cada vez más en un suicidio espiritual. Supongo que mi caso era bastante corriente. Sin embargo, el hecho es que ahondé lo suficiente para encontrarme con el demonio, incluso para reconocerle de manera oscura.

Años más tarde, cuando Chesterton entabla amistad con el sacerdote John O'Connor y le expone su experiencia del mal, descubre con asombro que el padre O'Connor había sondeado aquellos abismos mucho más que yo. Me quedé sorprendido de mi propia sorpresa. Que la Iglesia Católica estuviera más enterada del bien que yo, era fácil de creer. Que estuviera más enterada del mal, me parecía increíble.El padre O'Connor conocía los horrores del mundo y no se escandalizaba, pues su pertenencia a la Iglesia Católica le hacía depositario de un gran tesoro: la misericordia.

Frases de Gilbert Keith Chesterton